Los primeros años fueron de todos contra todos. Quien levantaba una mina al amanecer la veía saqueada antes del almuerzo. Las flotas se cruzaban de noche y nadie dormía tranquilo.
Fue un viejo Recolector, el comandante Osmany Paredes, quien encontró la salida. Jugaba al dominó en la cantina de su base cuando se quedó mirando la mesa: cuatro jugadores, dos parejas, y cada uno pendiente de la ficha del compañero. «Nadie gana solo», dijo, y tiró el doble seis.
Al día siguiente mandó un mensaje a sus tres vecinos. No pedía nada. Ofrecía algo: si atacaban a uno, los demás llegarían a defenderlo.
Así nacieron las alianzas. Pactos con nombre y etiqueta, con rangos y con líderes que debían ganarse el respeto. Pronto aprendieron a coordinar sus flotas para golpear a la vez y a dejar naves de guardia en los planetas amigos.
Y aprendieron algo más: cuando un líder se retira, la alianza no se rompe. El mando pasa al siguiente, y la mesa sigue.