Con la chispa de COSMIS llegaron los motores nuevos, y con los motores, las ganas de salir. Cada planeta nombró a un comandante y le dio una sola orden: crecer.
No todos entendieron lo mismo.
Los Recolectores miraron hacia abajo. Abrieron minas tan hondas que se oía el eco del núcleo, llenaron almacenes hasta el techo y tejieron rutas de carga entre sus colonias. «Primero el arroz, después la fiesta», decían, y sus naves de carga iban y venían como guaguas a la hora pico.
Los Generales miraron alrededor. Para ellos el espacio era un tablero, y cada sistema vecino, una pieza. Pulieron cañones, entrenaron escuadras y aprendieron que la mejor defensa es llegar primero.
Los Descubridores miraron más allá. Mandaban sus flotas al borde de cada sistema, allí donde ya no hay planetas, solo oscuridad y promesas. A veces volvían cargados de tesoros. A veces no volvían. Siempre volvían a salir.
Tres caminos. Un mismo cielo. Y muy poco sitio para tanta ambición.