Durante siglos, los mundos habitados vivieron de espaldas unos a otros. Las viejas rutas comerciales se habían apagado una a una, y cada planeta se las arreglaba con lo que tenía bajo los pies: metal, cristal y el agua pesada de sus mares, de donde salía el deuterio.
Todo cambió en una estación orbital pequeña y ruidosa que sus técnicos llamaban, con cariño, el Malecón. Allí, una noche de guardia, la ingeniera Maité Ferrer notó que la cafetera del módulo de control zumbaba sin estar enchufada. El café salió perfecto, como siempre. Lo raro fue el brillo azul del filtro.
En el polvo que la estación recogía de una estrella moribunda había algo vivo. Una energía que no se gastaba igual que las demás: se plegaba, aceleraba el trabajo de las máquinas y parecía responder a quien la usaba con paciencia.
La llamaron COSMIS. Los mundos aprendieron pronto a cristalizarla en pequeñas fichas que se podían guardar, contar y pasar de mano en mano, y así la energía se convirtió también en la moneda con la que empezaron a comerciar. Y en cuanto la noticia salió del Malecón, ningún mundo volvió a mirar el cielo de la misma manera.