No todos los comandantes aguantan la travesía. Algunos se cansan, otros se pierden, otros simplemente se van. Sus planetas siguen ahí un tiempo, en silencio, con las luces encendidas, esperando.
Si nadie vuelve, las luces se apagan. Las minas se detienen, las colas de trabajo se congelan y el planeta se convierte en ruina. Los carroñeros del espacio lo saben: una ruina no se defiende, y en sus almacenes siempre queda algo.
Pero ni siquiera las ruinas son eternas. Pasado un tiempo, el polvo se las lleva y la órbita queda libre. Donde hubo un imperio, hay sitio para uno nuevo.
Y siempre llega alguien. Un comandante joven, con un solo planeta, un nombre de estrella y muchas ganas. Las alianzas veteranas lo miran con curiosidad. Los Generales, con apetito. Pero la galaxia, que es vieja y sabia, le guarda unos días de calma para que eche raíces.
Ese comandante puedes ser tú. Tu planeta ya tiene nombre. Tu primera mina espera.
Dale, que el cielo es grande.